Para reconstruir nuestros servicios públicos y proteger a nuestras comunidades, debemos romper la nefasta alianza de las finanzas y la ultraderecha.

Después de Covid-19, estamos en un punto de inflexión. A menos que las fuerzas progresistas se organicen y colaboren más allá de las fronteras como nunca se había visto antes, los costes de esta crisis caerán una vez más sobre lxs menos afortunadxs. Y esta vez, nos enfrentamos a la amenaza real del fascismo, que crece en un terreno fértil.

Durante la última década, trabajadorxs y servicios públicos ya han pagado los estragos de la Crisis Financiera Mundial, causada por financierxs irresponsables. Mientras lxs banquerxs e inversorxs se adjudicaban rescates, recortes de impuestos y compromisos de recompra, lxs trabajadorxs luchaban con pagas congeladas, despidos y recortes brutales a los servicios básicos. Mientras tanto, la austeridad y desigualdad alimentaron la difusión del miedo y las falsas promesas del populismo de la extrema derecha, llevando al poder a decenas de líderes de extrema derecha en todo el mundo.

Para prevenir que lo mismo vuelva a ocurrir, tenemos que darnos cuenta de que las finanzas y la extrema derecha no ganaron por casualidad. La organización efectiva e internacional de los grupos de presión corporativos, partidos políticos y financieros billonarios como Robert Mercer tuvieron un papel fundamental en cambiar políticas e influenciar a la opinión pública: desde Brexit hasta Bolsonaro y mucho más.

Por ejemplo, la industria financiera coordinó a más de 700 organizaciones para influenciar regulaciones económicas en la Unión Europea, superando al número de organizaciones civiles y sociales y sindicatos por un factor de más de siete. El Foro Económico Mundial, patrocinado por cerca de 100 grandes bancos y compañías de inversión, se ha convertido en el evento más influyente en el calendario político global.

Mientras tanto, los partidos de extrema derecha en Europa fueron capaces de compartir un escenario, intercambiar estrategias y proponer una visión común adelantada a las últimas elecciones de la UE, en una manera que la izquierda Europea no ha podido conseguir. Esto es más que una cruel ironía: es una amenaza real.

Por supuesto esas fuerzas no siempre están unidas, ni son efectivas o exitosas: la pandemia de Covid-19 ha hecho que los fracasos combinados de este cóctel tóxico de financiación y extrema derecha sean evidentes para todxs.

Nuestros servicios públicos han superado el límite. La falta de personal y de recursos han provocado la muerte innecesaria de muchxs trabajadorxs de primera línea. Las instalaciones de atención privadas, muchas de las cuales son exprimidas por empresas con capital privado , se han convertido en focos de infección y muerte. El bajo presupuesto público, usado como fondo para los recortes de impuestos corporativos, se está hundiendo profundamente en la deuda para sostener al sector privado.

Mientras tanto, la idea misma del internacionalismo está bajo amenaza. La UE impuso programas de austeridad y normas de gasto —las cuales empujaron a Italia a cortar su fondo de salud por 30 mil millones de euros a lo largo de la última década—, que han debilitado la credibilidad de su pilar social y han alimentado el euroescepticismo. La salida de Estados Unidos del acuerdo de la COP21 y de la OMS son dos golpes enormes al multilateralismo.

Trump y otrxs de su calaña nos quieren hacer creer que los efectos devastadores de la crisis del Covid-19 no se podían prever o evitar. Esto, por supuesto, es una mentira descarada. Pero levantarnos en armas como lo indicaba en su último y horripilante tweet no es como cambiamos el juego. En lugar de eso, debemos mirar más allá de los síntomas —de los cuales él es uno— y formar nuevas coaliciones y estrategias para superar a nuestros adversarios.

Ya sabemos que unir sindicatos con movimientos sociales, actores locales y socios improbables puede ser una manera de ganar.

Como cuando la Troika intentó forzar a Grecia a privatizar partes de su servicio de agua. Inspirados en las luchas contra la privatización en Colombia e Italia, los sindicatos de Thessaloniki se unieron con activistas locales para organizar un referéndum público, con el 97% de los encuestados oponiéndose a la venta. La solidaridad internacional, el intercambio de estrategias y la visibilidad resultaron ser esenciales para obstaculizar los planes.

O la lucha contra la evasión de impuestos por parte de las corporaciones. A través de fondos de pensión, los sindicatos ayudaron a movilizar cerca de $10 billones en patrimonio —eso es el 15% del PIB mundial—, en apoyo a nuevos estándares de informes que requieren que las corporaciones revelen públicamente dónde (o dónde no), están pagando sus impuestos.

O la lucha contra los tratados de comercio corporativos. Grupos de presión, tales como la Coalición de Servicios Industriales dirigidos por un banquero de alto cargo en Citigroup, invirtieron enormes recursos en avanzar con el Acuerdo en Comercio de servicios y el ATCI (TiSA y TTIP por sus siglas en inglés respectivamente). Nuestra federación sindical mundial de la Internacional de Servicios Públicos trabajó en una amplia coalición que incluía a Greenpeace, ATTAC y grupos de la iglesia para exponer estos tratados por lo que son: un intento descarado de poner los intereses corporativos por delante de la gente. Sacamos a cientos de miles a las calles y conseguimos más de 3 millones de firmas para la petición. Estos acuerdos se han vuelto tan tóxicos que han perdido apoyo a lo largo del espectro político y han sido archivados.

¿Hemos conseguido vencer al lobby del comercio corporativo, terminar con la evasión de impuestos y vencer la agenda de la privatización? No. Por lo menos no de momento. Pero hemos demostrado que hay esperanza cuando construimos la lucha juntos. Esto es en lo que debemos concentrarnos para obtener el mundo que merecemos:

Primero, presionamos por un sistema de impuestos mundial más justo. Un 50% de impuesto a las ganancias excesivas. Un impuesto de servicios digitales para los gigantes de la tecnología, sin tener en cuenta el proceso OCDE BEPS (Erosión de la base imponible y traslado de beneficios, por sus siglas en inglés). Un impuesto sobre el patrimonio para lxs mega ricxs y nada de fondos de rescate para las corporaciones que continúan operando a través de paraísos fiscales.

Segundo, apoyamos el llamado a aliviar la deuda, reestructurar y remover bloqueos al gasto público y las condiciones de préstamo, para que los reembolsos durante la crisis no limiten la respuesta sanitaria, debiliten el crecimiento económico o empeoren las divisiones sociales.

Tercero, luchamos para terminar con la privatización y construir Servicios Públicos Universales de Calidad. Sanidad pública gratuita, educación, utilidades, transporte y protecciones sociales. Totalmente financiados, localizados, con personal preparado y listo para responder a cualquier cosa que venga después.

Cuarto, dirigimos la campaña por un Nuevo Pacto Verde a nivel mundial. Una transición corporativa enfocada solo en generar empleo no es suficiente. Para cambiar el juego, debemos reducir la desigualdad, el desempleo y nuestra huella de carbono a la vez que ponemos un freno a las amenazas del cambio climático.

Todo esto parece imposible. Pero muchas de las políticas implementadas desde que empezó la pandemia —como nacionalizar sectores enteros, suspender patentes y convertir fábricas para la producción esencial— parecían imposibles hace unos meses.

Ahora no es el momento de ser complacientes, sumisos o conciliadores. Todo está en juego.

La extrema derecha, envalentonada por la crisis, está pisoteando la democracia y los derechos humanos. El primer ministro de Hungría, Víktor Orban, creó una base para poderes gubernamentales extraordinarios e ilimitados. El fracaso de una respuesta pan-europea ha alimentado las tendencias nacionalistas. El Departamento de Justicia de Trump ha pedido al Congreso el poder para detener ciudadanxs que han dado positivo por Covid-19 de manera indefinida, sin juicio y negándoles el derecho de asilo. Mientras tanto, por segunda vez en una generación, muchas de las corporaciones más grandes del mundo están listas para recibir sumas enormes de dinero de los impuestos de la gente; todo aquello mientras pagan a los grupos de presión por sofocar las reformas progresistas.

Pero hay esperanza. El apoyo de lxs trabajadorxs y el sector público crece cada día. Quizás te has parado frente a tu ventana a aplaudir a compañerxs que están dándolo todo por salvar vidas. Nuestro trabajo como sindicalistas es convertir este aplauso en algo significativo, que produzca un cambio político a largo plazo que mejore las vidas de todxs lxs trabajadorxs. No cabe duda de que las fuerzas a las que nos enfrentamos forman una coalición poderosa. Ahora mismo están usando la crisis para aumentar su influencia y generar división. Solo podremos ganar si nos unimos a otras fuerzas progresistas para sobrepasarlos en cada nivel. No tenemos elección. Nuestra especie y el planeta simplemente no pueden arriesgar otra década perdida a causa de la finanza y la extrema derecha.

Rosa Pavanelli es la Secretaria General de La Internacional de Servicios Públicos (ISP) federación sindical mundial de los sindicatos de los servicios públicos.

El presente texto reproduce el artículo publicado por Rosa Pavanelli en la Web de la Internacional Progresista: https://progressive.international/wire/2020-07-29-rosa-pavanelli-we-must-organize-like-never-before/es